viernes, 8 de marzo de 2019

Una mujer sola de Arely Jiménez

Maria Hesse




Para escribir un poema
debo limpiar la mesa
y dejar los trastes limpios sobre la tarja.
Pensar el menú del día  y cocinarlo.
No tomar las llamadas.
Poner música y cantar.
Abrir las persianas, hacer la cama, levantar el polvo.
Dejarme escribir amorosamente por los días.



Esto es la libertad:
una noche cualquiera
una mujer
cocinándose algo delicioso
mientras entona una canción
que escuchó hace siglos
frente a una hoguera.


Desnuda frente al espejo
soy capaz de perdonármelo todo.
No tengo al amante perfecto
pero tengo un refrigerador
que es un poco un hombre
y también un gato.
Su interior frío resguarda
frutas, leche y sopa sin sal.
Duerme sin roncar
pero ronronea por las noches.
Podría hacerme el amor incansablemente
si no estuviera condenado a la quietud.
A veces lo dejo abierto
sólo para escucharlo funcionar,
aunque odie el invierno
y a los hombres
inseguros que dicen ser fríos.

Mi madre lloró cuando supo que no regresaría.
Yo partí luego de derramar todas mis lágrimas.

He comprado mi cama
y he pagado mis alimentos.
Soy digna del descanso:
merezco mis sueños.
La noche que hui de casa
llevaba un ramo de siemprevivas en las manos.
Tenía el pelo en moño y maquillaje,
mis primeros días como secretaria
.
Pensé en una novia
pero era una recién nacida.

Tengo otra madre de metal
ancha como mi madre
pero más cálida que ella,
de sus pechos brota fuego
y me amamanta con lumbre.
Vuelvo a sus entrañas
cuando las heladas,
un hombre o la fiebre
me disminuyen
hasta ser otra vez una niña
pequeña y frágil.
Entonces prendo sus hornillas
y espero a que algo cambie:
la temperatura del agua,
las verduras picadas,
mi corazón frío.

Me piden que mienta:
di que vives con tus padres, con tus hermanos.
Pero vivo conmigo.

Al final del día,
después del teléfono timbrando,
la impresora inoportuna,
el chirriar de sillas y muebles,
de sonidos que no me pertenecen;
escucho largamente las voces de los electrodomésticos
sólo para tener una constancia
de que algo, alguien, aunque no sea yo,
aún funciona.

He invertido mi cuerpo
para hacerme otro
dentro de estas paredes,
para decir
aquí  también estoy viva
para decir
aquí soy libre.

Que soy fuerte, me dirás,
que mi cama es suave aunque la compré en rebaja,
que cocino bien aunque improvise.
Tal vez tú ya has olvidado lo que es eso.
Me preguntas cómo me ha ido con la soledad,
pensando en lo dura que me he vuelto
o lo ingenua que fui al salir de casa.
Pero vivir no amerita disculpas, amor mío.
Es simple: me cansé de los simulacros.


Dejo de temer los golpes
y absorbo el impacto con mi sangre.
Reconozco mi fuerza:
la piel desnuda,
la mirada en alto.
Antes de que lo peor llegue,
aparezco armada de flores y libros.
Mi religión es la belleza
y mis oraciones parten de lo sensible.
No hay lugar para el miedo: 
la luz nace aún sin ser nombrada.

Cocinar es otra forma de acariciarme, una más íntima.


Las mujeres que me rodean
me preguntan si tengo miedo
o sentencian: qué atrevida,
qué valiente.
Pero aquí sólo hay amor
y a veces, un poco de hambre
o sueño.


Trabajar ocho horas diarias.
Pagar con hojas delgadas y pequeñas
mis pequeños placeres y alimentos.
Visitar a mi madre una vez a la semana.
Hablar con el hombre que sueña conmigo
y dejarlo dormir en mi cama ocasionalmente.
También esto es necesario para escribir un poema.





Para poder vivir hace falta poesía,
dos o tres símbolos que sostengan el cuerpo,
algunas metáforas para soportar el transcurso de las horas.
Encontrar a un gato o a un hombre en el refrigerador,
a una madre en la estufa,
mi piel reflejada en los muros.
Para vivir hacen falta palabras.