Me inspiras una infancia perdida, alejada del cauce de los adultecidos, reservada entera: con sus franquezas y dulzuras. La mirada gruesa de los niños, así es la tuya también. Pero cuando me das tu mano, reconozco la de un hombre llena de cicatrices por el trabajo. El corazón se me encoge, se hace chiquito ¿Qué daño te habrán hecho en tus tantas edades, niño? ¿Qué dientes de leche, columpios, juguetes y peleas? ¿Qué crayones rotos? ¿Qué héroe, qué príncipe, qué princesa?
Bajas de tu castillo y aunque el rostro delata parvulez, muestras tu espalda y en ella se descubren las hondas marcas de la vida como las huellas dejadas por un animal.
Y yo insisto en deslavar tu vida en colores pastel, saber qué te hizo llorar, qué dulces quedaron en la mochila, qué caricaturas te hicieron reír... Pero no encuentro la palabra, la llave, el espejo. Si pudiera abrigarme en tu sinceridad y hablar tu lenguaje de reyes y estrellas, de gigantes creyendo ser pequeños.
1 comentarios:
horale no tengo palabras no exinten palabras
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